Relato en proceso: Pequeñas Revanchas (I)

Cuando el gordo entró por la puerta en la oficina nadie se lo podía creer: ciento veinte kilos de pura grasa, llevaba un blue jean al que por encima le caía parte de la barriga y una camisa negra de algodón con las mangas recogidas. El gordo nos enteramos luego se llamaba Andrés. Pero enseguida nos dimos cuenta de que el tipo era un pesado. Obviamente dirán ustedes pero no me refiero a los kilos sino su carácter bastante amargado. No era el típico gordo simpático y bonachón. Nada de eso. Y lo peor es que era nuestro nuevo jefe, gerente de esta sucursal. Era obvio que alguien en las alturas de la compañía no nos quería mucho porque el mal humor el gordo lo destilaba por los cuatro costados.

“Yo soy el nuevo gerente de esta sucursal” dijo poco después de quedarse parado unos instantes al traspasar la puerta y mirarnos a todos. “He venido a arreglar las cosas, para que todo funcione como debe ser”. Era obvio que él no había respondido al llamado de “se solicita gerente de buena presencia”.Lo suyo debía ser otra cosa. “¿cuál es mi oficina? “, fue lo próximo que dijo. Y alguien apuntó con un dedo a una puerta hacia el fondo. El se acercó hacia la puerta, la miró de arriba abajo, movió la manija y miró hacia adentro pero no entró. Era obvio que no cabía por allí. “Esta ya no será mi oficina, búsquenme otra”. La gente no salía de su asombro, esa siempre había sido la oficina del gerente de turno. Todo el mundo empezó a susurrar, a preguntarse a quién de nosotros nos quitarían nuestra oficina de siempre. El gordo, nuestro nuevo y pesado jefe, pareció adivinar y dijo: “desde hoy nadie tendrá oficina propia, la mía será una gerencia dinámica y flexible”. “Dinámica y flexible” que demonios querían decir esas dos palabras era la pregunta en los labios de todos que nadie se atrevía a pronunciar. “Así que mandénme a quitar todas esas tabiquerias”, dijo. Nadie lo decía pero todos también nos preguntábamos que íbamos a hacer con los diplomas y los afiches pegados en cada una de nuestras particulares paredes, dónde íbamos a poner ahora las foticos familiares que daban calidez al espacio que cada uno mantenía con celo. “Productividad es la palabra clave aquí señoras y señores, necesitamos ser más eficientes y menos anquilosados. Cada uno de ustedes es una unidad de trabajo y no se puede estar perdiendo tiempo”. Mientras más hablaba se inflaba, se hacia más grande aún y nosotros más chiquitos. “Quien no produzca lo mínimo que yo considere necesario lamentablemente tendremos que prescindir de sus servicios”. Lo suyo no parecía ser gerencia afectiva y tampoco ganar- ganar. “Así que si trabajan bien”, prosiguió, “y son productivos todos ganamos y la empresa no los bota. Espero que entiendan”.

Las caras de horror se multiplicaban en la oficina pero nada que se pronunciaba palabra y el seguía hablando: “cómo saben el país está en una situación especial, critica y nuestra empresa no escapa a esa realidad. Por eso y porque no queremos sacrificar a nuestro valioso personal hemos decidido hacer una reducción salarial en todas nuestras sucursales que será de hasta un 15 por ciento. Se trata de que todos seamos solidarios porque la otra opción sería la reducción de hasta un 25 por ciento de la plantilla”. Hizo un silencio teatral como para que la cosa quedara bien clara. No se escuchaba ni un teclado sonar, alguien se movió en su silla por un instante y el volteó. La persona se quedó quieta y el gordo que teníamos como nuevo gerente preguntó: ¿quién es mi secretaria? Y de detrás de un escritorio salió Mariana una flaca con perfectas redondedeces que llevaba falda cortita por encima de la rodilla pero que para el nuevo jefe gordo era evidente que tenía un cuerpo insultante “¿ Y tu eres mi secretaria?”, dijo él mientras la miraba de arriba abajo. Ella era en efecto la secretaria del gerente anterior, la que manejaba la agenda, la que estaba pendiente de los detalles y como no la chica-objeto que todos los hombres de la oficina disfrutábamos ver pasar y que las mujeres maledicentes acusaban de acostarse siempre con los jefes.

“Este gordo no va a durar mucho de jefe acá” decía una de mis compañeras mientras otro apuntaba que el problema no es si duraba mucho sino más que nosotros.

El gordo parecía estar permanentemente hablando con todo el mundo pues lo hacía casi gritando: “ Quién me sirve un café por favor”.Todo el mundo se miró de nuevo las caras..” si quiere yo se lo compro”,saltó uno. “No hay una cafetera en esta vaina” se le escapó al nuevo jefe. “No, es que se dañó hace unos meses y no se ha mandado a arreglar”, respondió Antonia otra de las secretarias. “tu el que me dijo que me lo compraba toma estos reales y cómprame un con leche cremoso en la panadería esa que está en la esquina”.No se le ocurrió pedir cafecito para los demás, sólo el de él. Eso era todo un síntoma de los tiempos que vendrían.Nada peor que un jefe incapaz de brindarle un cafecito a sus empleados. Algo tendríamos que hacer.

Nos reunimos para concertar un plan después de las cinco en el barcito en el que diariamente nos tomábamos- unas cervecitas. Estábamos allí Mariana, Ezequiel, Antonia, Felipe, Pablo,Justa, Antonio y yo.

-Pero vieron como me miró-repetía indignada la bella Mariana

-Y no le brindó un cafecito a nadie- recordó Felipe, el que ofreció comprarle el cafecito al pesado jefe.

-Y cómo grita-apuntó Antonia.

– ¿Y se fijaron como camina? Parece que se hunde en cada pisada-dijo Justa en medio de aquél monologo múltiple.

-Me miraba detestándome, lo noté enseguida…-reiteró Mariana en su monotema.

-Te detestaba Mariana, pero quizás no sea el único. El tipo es un imbécil…-Dijo Ezequiel con dureza.

Yo miraba, como uno a uno nos íbamos descargando a éste nuestro nuevo jefe de una oficina que por meses había estado acéfala.Ya nos habíamos acostumbrado.

-¿Y que es lo que vamos a hacer? ¿Y tú porque estás tan callado? -preguntó Pablo primero a todos y luego a mí.

– Esa es una buena pregunta-dije sin aportar nada.

-Y nos van a rebajar el sueldo ¡Se acabaron estas cervecitas! Señoras y señores-Aportó esta vez Antonio mientras alzaba la botella de su fría.

-Si esa es otra vaina y con este gordo de mierda no hay quien se la cale- protestó Felipe

-¿y que vas a hacer renunciar? Con lo jodida que está la vaina- abrió su boca burlona Ezequiel.

-Bueno, bueno dejen de ofender a los gordos que yo tambien tengo mi corazoncito-reclamó Antonia.

-Tu no estás gorda Antonia, tu lo que estás es entrada en carnes que es distinto.-dije yo, está vez mientras mi mano jugaba con la rodilla de Mariana.

No ibamos para ningún lado y ya nos estabamos tomando nuestra segunda cervecita cada uno.Las aceitunas ya se habían acabado y el platico de manies también. Parecia que sencillamente nos ibamos a resignar .

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3 comentarios en “Relato en proceso: Pequeñas Revanchas (I)

  1. Me gustó el asunto, ya quiero saber qué va a pasar con el gordete miserable jejejejeAunque es un personaje sincerón, ya quisiéramos muchos tener jefes que fuesen por esa tónicaSaludos Rodo!

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